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Assange, un huésped incómodo

Moreno, recién estrenado como presidente electo, le pidió mesura para honrar la condición de huésped. Queda claro que sus palabras no han hecho efecto. La reacción está por verse.

La Posta - Andersson Boscán Pico 14/11/2017

Foto: La Posta

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El hacktivista australiano hace más que andar en calzoncillos y convertir en nido de amor una embajada nacional: su afán por los secretos de otros Gobiernos lleva a Ecuador a ver complicadas las relaciones bilaterales. Esta vez con España.

Julian Assange es ese amigo que te pidió posada por unos días y nunca se fue. Hoy, cinco años después de que se asilara en la embajada ecuatoriana en Londres, no solamente anda en calzoncillos por la cocina, invita a sus amiguitas a pasar la noche en tu cuarto y no aporta un pinche centavo a la renta del mes. Sino que además te ha empezado a generar problemas con tus vecinos, con los buenos y malos vecinos, porque se la pasa todo el día publicando en Facebook los chismes del barrio. Aún así, lo apapachas en tu hogar porque… En realidad no hay un por qué.

Caricaturizar la situación de Assange en territorio diplomático ecuatoriano no nos deja muy lejos de la realidad. El australiano fundador de Wikileaks, un portal que revolucionó el periodismo desde su fundación en 2006 cuando ventiló los sucios secretos de tratos inhumanos en la Guerra de Afganistán y Guantánamo, vio coincidir los tiempos de las revelaciones contra los grandes gobiernos (cuya mayor filtración protagonizó en agosto de 2010) con la reactivación de casos por abuso sexual en su contra (en diciembre del mismo año). Desde entonces, Assange (y otras voces de prestigio) no han tenido que hilar muy fino para asociar la orden de extradición en su contra, que los británicos aprobaron con destino a Suecia donde tiene dos causas abiertas por delitos sexuales, con una posibilidad real de ser extraditado finalmente a Estados Unidos, enjuiciado por divulgación de información reservada y condenado -in extremis- hasta la pena de muerte.

Así que no es de asombrarse que el 19 de junio de 2012, el hombre de la melena dorada burlara las seguridades de la policía británica y violara su arresto domiciliario para instalarse cómodamente en la embajada ecuatoriana en Londres, con el beneplácito del correísmo que concedió el asilo alegando cuestiones humanitarias.

Hasta allí todo normal. La institución del asilo ha sido largamente respetada por nuestros países. No así por los europeos, donde la figura tiene sabor a república bananera.

Fue la primera gran crisis del denominado ‘efecto Assange’ que puso a Ecuador, ese país al que en uno de sus exabruptos el australiano llamó “insignificante”, en la mesa de la disputa con Reino Unido y Suecia  por igual. 

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