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Todos fuimos Chevron

Los demandantes y el Estado, que se presentaban como defensores de la justicia y de los débiles, terminaron, al incurrir en un catálogo de procederes vergonzosos debidamente documentados, traicionando a todo lo que decían y debían representar.

La Hora - Daniel Marquez Soarez 12/09/2018

La historia del caso Chevron es una crónica detallada de un proceso de putrefacción. Ahora que el final ha llegado, es como que todo hubiese quedado manchado. En los últimos capítulos no era posible hacer distinciones morales entre el proceder de los demandantes, de los defensores y del Estado; todos los vicios que se encontraban en una de las partes, era posible encontrarlos en las demás. Todos terminamos volviéndonos legalistas, avezados e inescrupulosos; éramos como Chevron. 

Hay una diferencia importante: la industria petrolera no enarbola altos principios ni nobles virtudes. Chevron y demás han sido y son, de forma digna y abierta, compañías dedicadas a la persecución del lucro. Podrá acusárselos de muchas cosas, pero jamás de inconsecuencia con sus objetivos o traición a sus accionistas mandantes. 

Los demandantes y el Estado, que se presentaban como defensores de la justicia y de los débiles, terminaron, al incurrir en un catálogo de procederes vergonzosos debidamente documentados, traicionando a todo lo que decían y debían representar. La justificación de turno que esgrimen siempre gira alrededor del viejo argumento de que el mundo es así y que no hay otra manera de proceder. Se asumen como abnegados actores de ese mismo sistema injusto y perverso al que afirman combatir. 
 

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